Nombre científico: Ixobrychus exilis
Tamaño: Entre 28 y 36 centímetros
Peso: De 60 a 100 gramos
Dieta: Pequeños peces, libélulas, renacuajos, ranas y hasta serpientes jóvenes
Hábitat: Pantanos, lagunas y humedales con abundante vegetación de juncos
En México, puede encontrarse tanto en costas como en humedales interiores, aunque pocas veces se deja ver. “Es más fácil oírlo que verlo”, comenta Knapp.
Su dieta incluye pequeños peces, libélulas, renacuajos, ranas y hasta serpientes jóvenes. Acecha inmóvil desde los tallos y, en ocasiones, agita las alas para asustar a sus presas y lanzarse sobre ellas con precisión quirúrgica.
El Avetoro menor construye su nido en la espesura, doblando y entrelazando juncos hasta formar una plataforma suspendida sobre el agua, semejante a una hamaca vegetal. Pone entre cuatro y cinco huevos verde-azulados, que incuban ambos padres durante unas tres semanas. “Si se sienten amenazados, los polluelos pueden abandonar el nido a los seis días, pero suelen permanecer cerca hasta estar listos para volar”, señaló el observador.
Una de las adaptaciones más asombrosas ocurre cuando sube el nivel del agua: el nido asciende con los juncos, evitando que los huevos se ahoguen. “Es un ingenioso ejemplo de adaptación natural”, destacó.
Cuando se siente observado o amenazado, el Avetoro menor adopta una postura peculiar: se estira por completo, alinea su cuerpo con los tallos y apunta el pico hacia arriba. Si el viento mueve los juncos, el ave se mece al mismo ritmo, logrando un camuflaje casi perfecto. “No se ve hasta que parpadea”, aseguró el entrevistado.
Su canto, un arrullo grave y profundo, se escucha al amanecer, al atardecer o en noches tranquilas. Para muchos es el sonido del alma del pantano. “Hay quienes aseguran escucharlo rugir entre la niebla sin llegar a verlo nunca”, comentó Knapp con una sonrisa.
Durante el cortejo, el macho delimita un pequeño territorio y realiza una danza breve, erizando las plumas del cuello mientras canta. Al formar pareja, ambos se vuelven casi invisibles; muchos investigadores han pasado años sin ver un nido activo, apenas oyendo el murmullo de los polluelos entre la bruma.
De acuerdo con la Audubon Society, el Avetoro menor se clasifica como especie de “preocupación menor”, aunque algunas poblaciones muestran descenso. Las principales amenazas son la destrucción de humedales, el drenaje de pantanos, la contaminación y la reducción de la vegetación natural. En México y América Latina enfrenta los mismos riesgos, agravados por el cambio de uso de suelo y la invasión de especies exóticas.
“Su supervivencia depende directamente de la salud de los humedales. Protegerlos no sólo preserva al Avetoro menor, sino a todo un ecosistema que filtra el agua, mitiga inundaciones y sostiene la biodiversidad”, advirtió Knapp Uranga.
Desde el siglo XIX, el Avetoro menor ha cautivado a artistas naturalistas. John James Audubon y Louis Agassiz Fuertes lo retrataron en sus láminas de garzas pequeñas, mientras que en galerías contemporáneas de arte ornitológico como Art of Birds o Birds in Art se le representa entre juncos dorados al amanecer, símbolo de elusividad, serenidad y misterio.
Los fotógrafos lo consideran un trofeo visual, no por su rareza biológica, sino por la dificultad de capturar su silueta etérea en la penumbra del pantano. “Cuando uno logra verlo siente que el humedal le ha revelado uno de sus secretos mejor guardados”, confesó Knapp.
Y así, entre sombras y reflejos, el Avetoro menor sigue rugiendo en miniatura, guardián invisible de los pantanos, emblema del equilibrio natural y del poder silencioso de la vida oculta.
Como cada viernes, La Jornada Maya te invita a conocer la fauna endémica del sureste mexicano. Aquí te compartimos la colección que tenemos hasta el momento. ¡Disfrútala!
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