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Senderistas cada vez más cerca de llegar al avión de Celestún

Se aproximaron a 350 metros del aparato y completaran el viaje en 30 días

Luego de tres días de travesía, senderistas de Ecoaventura Yucatán arribaron a las proximidades del avión que se precipitó intempestivamente, hace más de 50 años, a los manglares de Celestún. A menos de medio kilómetro de su objetivo y pese al entusiasmo que imperaba en el equipo, la razón se impuso y montaron un campamento con la promesa de regresar dentro de un mes para culminar con su misión.

Aun padeciendo las secuelas de la deshidratación, Roberto Casares Estrada celebró que haya sido un viaje productivo a pesar de no haber llegado al sitio donde yace el Douglas DC-3 que se accidentó en la reserva El Palmar en 1966. El equipo conformado por 10 personas se aproximó a 350 metros del aparato, pero las condiciones le impidieron seguir avanzando.

Las y los senderistas llegaron a pocos metros del lugar del accidente, pero se toparon con petenes -islas de vegetación arbórea que se encuentran inmersas en el manglar- cuyos árboles “de tierra adentro” evitaron que continúen con el trayecto, pues son sumamente complicados de penetrar.

“No es que no hubiéramos podido pasar, el problema es que estábamos muy deshidratados; y sin exagerar, nuestra vida ya corría peligro”, detalló Casares Estrada, coordinador de la expedición hacia el avión inmerso en la reserva El Palmar.

El campamento lo levantaron a tres cuartas partes del sinuoso camino, en un petén que cuenta con un cenote en el que se pueden abastecer del vital líquido. Ahí dejaron provisiones, tiendas de campaña y ropa, esto a fin de no cargar con ese peso durante el nuevo trayecto, para el que tampoco cargarán con agua; sino con un potabilizador portátil.

En cuanto a los peligros que les acecharon durante su odisea, Roberto comentó que se avistaron boas y una venenosa coralillo. Además, encontraron alacranes que, pese a no poner en peligro la vida, su picadura significaría el final de la travesía. Aunado a esto, en el petén donde se establecieron habita una colonia de monos araña.

 

 

Difíciles decisiones

El experimentado excursionista destacó la emoción que imperaba en el grupo. Se trata de una experiencia que, además de poner a prueba la fuerza física, tiene importantes implicaciones emocionales, por lo que las y los participantes se tuvieron que preparar mentalmente para una situación de riesgo inminente, en la que peligró su vida.

“Por ratos tuve que meterme al agua del manglar para evitar el golpe de calor. Son momentos en los que se pierde el pudor de hacer cosas que normalmente no haríamos, como beber agua de un cenote o una charca; tirarse al lodo para enfriarte; tomar decisiones difíciles como seguir o regresar, estando ya a 350 metros de la meta”, reconoció.

Sobre esta resolución, Roberto Casares comentó que fue una de las más difíciles del trayecto. Como era de esperarse, no todo el equipo estuvo de acuerdo con retornar; pero las condiciones lo exigían. Esta decisión, dijo, no estuvo libre de frustraciones luego de todo lo que habían pasado para llegar al sitio.

Hoy, la mitad del equipo ya se prepara para la próxima misión que será dentro de 30 días aproximadamente, para lo cual se alistan descansando y poniendo en orden sus ideas. No enterarse de nada durante tres días puede llegar a ser -de menos- agotador. Por lo pronto, seguirán entrenando.

“La ventaja que tenemos ahora es que ya sabemos a qué nos vamos a enfrentar. Sabíamos que el camino iba a ser difícil, pero no es lo mismo pensarlo que vivirlo. Hoy ya podemos desarrollar una logística más efectiva, lo que nos ahorrará mucha energía”, concluyó Roberto visiblemente emocionado ante el nuevo reto que se avista en el horizonte.

 

 

Edición: Laura Espejo

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