La Jornada Maya

Los toritos de San Sebastián: una noche de fuego y agradecimiento

En la ofrenda del gremio de los matarifes convergen la música, el color y el humo

Los toritos de San Sebastián: una noche de fuego y agradecimiento
Foto: Rodrigo Medina

La fiesta de la Virgen de la Asunción en el barrio San Sebastián comienza el 3 de agosto y culmina el 19, todos los días recibe ofrendas de los gremios, como el de los campesinos o trabajadores del transporte, sin embargo, la ofrenda del gremio de los matarifes o carniceros, el 10 de agosto, es conocida por sus toritos, noche en la que convergen la música, el color y el humo.


Foto: Rodrigo Medina

De pronto se apagaron las luces en el campo de soft ball de San Sebastián. Comenzó la banda y se incendió un estandarte lumínico con la imagen de la Virgen de la Asunción. Brillaron las letras que conmemoran el día de fiesta de los matarifes. Este fue el inicio de una noche de promesas, agradecimiento y humo.


A la entrada del campo la multitud se reunió alrededor del primero de 20 toritos a lo largo de la noche. El hombre que decidió cargar sobre su espalda un cofre de fuegos artificiales en devoción a la virgen, esperaba a que enciendan la mecha. La instrucción es directa, corretear a los que ahí se congregan, girar sobre su eje, hacer estallar en carcajadas y temblores a los asistentes. 


Foto: Rodrigo Medina

En menos de unos segundos chispas y luces salieron disparadas. Los más arriesgados, es decir, los más jóvenes, corrían junto con el toro. Lo jalaban, querían tocarlo, recibir un poco del brillo que bien puede rozarte la piel y la ropa para quemarte. Flotaba la adrenalina y la densidad del aire gris con olor a pólvora. 

Padres y madres con sus hijos en brazos, algunos tomando distancia del espectáculo, admiraban la corretiza. Niños asombrados. Adolescentes en parejas corriendo excitados por el revuelo del toro al sonar la música de banda que a un ritmo rápido y constante dotaba de armonía la danza entre la bestia de fuego y la multitud.


Foto: Rodrigo Medina

Los toritos de gran tamaño, los coloridos, se quedan para el final. Son arrastrados por carretillas y miden más de 2 metros de alto. Imponen. Al final de su incendio, sobre su estructura giran luces que aventaban chispas para todos lados, luces rojas, verdes, blancas proyectadas en la oscuridad del cielo.


Foto: Rodrigo Medina

Al apagarse un torito, los jóvenes se acercaban y felicitaban a quien lo llevó sobre su espalda, entre risas y reconocimiento. El sudor en sus rostros, el pelo lleno de humo, la felicidad desbordante, el voto de agradecimiento hasta que se encienden las luces y se eleva el humo y dar paso a la claridad para ver todo con ojos nuevos después del desborde, que es el motivo de todas las fiestas.


Foto: Rodrigo Medina

Edición: Fernando Sierra


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