José Luis Domínguez Castro*
La Jornada Maya

29 de julio, 2015

En todas las culturas, y a lo largo de todos los tiempos, la rivalidad entre vecinos ha sido un fenómeno común y corriente. En México, la enemistad entre regiones limítrofes ha derivado, en ocasiones, de accidentes históricos que pudieron evitarse, pero que desencadenaron perpetuos conflictos vecinales o, al menos, generaron antagonismos insuperables que se van heredando de generación en generación. Quizá así podríamos explicarnos la relación conflictiva entre Sinaloa y Sonora, o mejor aún, la rivalidad existente entre Campeche y Yucatán, que se manifiesta de múltiples maneras y se expresa en chistes y bromas pesadas de ambos lados.

Sin embargo, para los que vivimos acá, en la península de Yucatán, para los que somos de acá, aunque no hayamos nacido en este “Egipto Americano”, nos queda más que claro que todos aquellos provenientes de cualquier entidad del país más allá de la Laguna de Términos, no nos pertenecen…es decir, no son de acá…Y es ahí donde nos preguntamos: si no son de acá, ¿de donde son? Más aún, ¿que son? ¿Quiénes son? ¿Como llamarlos? En la dialéctica dentro/ fuera, serían fuereños, pero en la nomenclatura autóctona, esos son los huaches o huachitos, como les decimos cariñosamente. Huachitos, recuerdo que nos decían con especial énfasis en el diminutivo, a mi familia defeña cuando pisamos por primera vez tierra yucateca allá en la lejana década de los sesenta. Pero cuando recuerdo que en el salón de clase de primero de secundaria sólo existíamos dos indefensos pubertos que no éramos de acá: Monterrey y D.F. eran nuestros lugares de nacimiento y procedencia. El despectivo huach que escuchaba me retumbaba en los oídos como si estuviera triplemente glotalizada su ch´… Qué diferente la manera de tratarme por ser extraño, a la forma en que se fue suavizando el trato a los de fuera, cuando empezaron a llegar por montones gracias a la carretera, al ADO y a la instalación del Seguro Social allá en los años setenta. Sin embargo, para entonces esta evidente inmigración no se veía aún como una amenaza.

No fue sino hasta que vino el temblor de la ciudad de México en 1985, cuando en profético mensaje don Víctor Cervera advirtió con vehemencia en un informe de gobierno: “Ahí vienen los de México… muchas secretarías de Estado me han podido reubicar a sus empleados… a quienes les facilitarán su traslado a nuestra ciudad…” Y reiteró –con la peculiar manera que tenía de usar el subjuntivo dándose autoridad– “…por eso, YO QUISIESE que todos los yucatecos tengan empleo, antes de que vengan los de otros estados… y que ustedes pierdan su oportunidad…”

La amenaza se cernía ya sobre nuestras cabezas… y a partir de ahí, la profecía se cumplió: colonias nuevas para los huaches que llegaban, ciudades enteras que se empezaron a construir previendo la llegada de miles de familias “mexicanas” –recordemos que después del arribo exitoso de una familia, con seguridad vienen otras dos o tres más detrás de ella–. Algunos de los recién llegados se asentaron en barrios y colonias que ya existían, pero que ahora se empezaron a identificar con los fuereños. Así, Chuburná y Francisco de Montejo se volvieron en distinto momento y dimensión Huachópolis en alusión a la abundancia de ciudadanos recién arribados a nuestra entidad.

En contra de las generalizaciones simplistas, hay que reconocer que muchos de los que vienen del centro, del occidente o del norte del país, al llegar a Yucatán, hacen un esfuerzo laudable por adaptarse a las nuevas condiciones de clima, alimentación, uso de vialidades convivencia con insectos, y modos de ser de la gente local. Pero también, es un hecho que, al igual que en otras entidades, los chilangos se caracterizan por ser demasiado proactivos y asumen ciertas actitudes agresivas que pueden llegar a sentirse impositivas y hasta despectivas en contra de los yuquitas, como a veces se les escucha decir. Esto sin considerar algunos extremos xenofóbicos en contra de los mayitas, a quienes poco les importa reconocer o valorar.

Los locales, por su parte, lejos de bajar la guardia de la autodefensa, como podría esperarse de una sociedad multiconformada y plural, cierran filas en aras de sus “garantías identitarias” particularmente en ciertos sectores elitistas: “no te preocupes por ellos, al fin que no son de acá”. Muchos contribuyen a circular, ayudados por ciertos medios de comunicación, falsas identificaciones de los delincuentes con fuereños, o de fenómenos sociales desagradables con las acciones y omisiones de ciudadanos de origen extra-peninsular. Razón y reflexión aparte merecen los extranjeros latinoamericanos (cubanos en particular), o norteamericanos y canadienses que han llegado para quedarse y que en general, gozan de aceptación y cierto respeto entre los locales, sin tener en cuenta que quizá algunos de ellos también son selectivos y antiyucatecos.

Yo, que provengo de una familia de huaches avecindados desde 1960, que he vivido en el DF, en Michoacán y en Yucatán, yo que soy “ciudadano de dos banderas” y que viví en carne propia cierta discriminación por ser fuereño; que he viajado y conocido distintas ciudades del país, puedo afirmar con certeza que Yucatán es “ese país que no se parece a otro”, con referencias históricas diferentes a las del resto del país: sede de la gran cultura maya, capitanía general de Yucatán, independencia tardía, Guerra de Castas, revolución inducida por el ejército constitucionalista, etc. Estas etapas dan lugar a una cronología diferente que nos permite tomar conciencia de que los que han venido de fuera, españoles, primero, libaneses, coreanos, yaquis y mexicanos, después, han dejado en distintos momentos de la historia una huella imperecedera que enriquece nuestra manera de ser, de pensar y de actuar peninsular.

Por eso, aunque los que llegan no sean de acá, más que diferenciarlos por el ruido extraño de su andar (como el que hacían los huaraches de los soldados de Carranza: huach´…huach´…huach´) o rechazarlos por el olor de sus existencias o por el tono de sus maledicencias, aprendamos a distinguirlos por la actitud que guardan frente a nuestros valores y fortalezas regionales. Sean bienvenidos todos aquellos huaches que han escogido nuestras tierras para establecerse y crecer juntos en este enorme y diverso país. Rompamos el cerco que nos blinda, y abramos los brazos a esos huaches, a los huachitos, siempre y cuando eso represente ventajas en el ordenamiento de nuestra ciudad y en el fortalecimiento de nuestra identidad regional a fin de que éste sea nuestro modesto, pero valioso aporte para la difícil construcción de la identidad nacional.

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*Antropólogo social de la Universidad Autónoma de Yucatán (Uady), responsable del archivo histórico universitario.


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