La crónica es una vivencialidad que merece claridad: Álvarez Rendón

Entrevista con el escritor acreedor de la Medalla al Periodismo Cultural y de Espectáculos 2019

Katia Rejón
Foto: Enrique Osorno
La Jornada Maya

Mérida, Yucatán
Viernes 14 de junio, 2019

Jorge Álvarez Rendón accedió a una entrevista con La Jornada Maya en un café del centro histórico que el periodista suele frecuentar. Al llegar, pidió un helado de fresa como quien pide “lo de siempre”. Durante toda la entrevista, el escritor centró su atención en las cucharadas, en disfrutar el postre frío y contestar las preguntas de forma pausada, amena, casi sin estar.

Hace unos días el cronista Jorge Humberto Álvarez Rendón (Yucatán, 1946) ganó la tercera medalla al mérito, después de recibir la Yucatán y la Eligio Ancona; recientemente fue acreedor de la Medalla al Periodismo Cultural y de Espectáculos 2019 por una trayectoria de 46 años.


¿Qué cronistas le gusta leer?
Pues está Monsiváis ¿no? es un maestro. Había un argentino que se llamaba Cuelles; el gran Alfonso Reyes; las crónicas de este poeta romántico, famoso... Gutiérrez Nájera. Todos ellos tienen crónicas.


¿Dónde termina el periodismo cultural y dónde empieza el de espectáculos?
El de espectáculos es algo más frívolo, y ahora hay muchas escuelas de periodismo. Antes el periodismo era pragmático.


¿Por qué decidió dedicarse al periodismo cultural?
No fue una decisión como tal, las cosas se fueron dando. Comencé a trabajar como corrector de pruebas, de estilo, y después a redacción en el Diario. Pero en 1973 llegó una compañía de zarzuela a un teatro que se llamaba Cordemex. Me dijo el director: “al rato se va a representar una obra que se llama Molinos de viento, quiero que me cubras el evento”. Yo no tenía noción de lo que era una crónica, tenía 26 años. Había estudiado literatura y estudiaba abogacía, pero no había tenido intención de escribir crónica.

Escribí un texto que yo creí que era crónica, relataba los personajes, era una cosa abrumadora de datos. El director me corrigió y me dijo “hazlo de nuevo”. Me senté a hacer cuatro o cinco intentos hasta que quedó más o menos publicable. Al poco tiempo me mandaron a una obra de teatro donde me sentía más seguro, pero el género era el que se me dificultaba. Después conseguí plazas para dar clases en la UADY pero seguí escribiendo crónicas hasta ahora que escribo de la sinfónica.


¿Para qué sirve el periodismo cultural?
Para que los lectores se enteren. La gente a veces llama crítica a esto, pero ésta no se ejerce en los periódicos porque el público no es especializado. La crítica se hace para revistas donde puedes ofrecer un nivel de análisis de contenido. Los periódicos lo que deben hacer es llegar al público, dar tu versión de lo que presenciaste. La crónica eso es, una vivencialidad.


¿Y que necesita tener una buena crónica?
Claridad. Algunas crónicas son muy pretenciosas. Había en la Ciudad de México un señor, Jorge Ayala, que en sus textos introducía términos de filosofía, antropología, y al final no sabías si le había gustado o no. Era un desplante de su conocimiento, te dabas cuenta de que era un erudito pero no estaba escribiendo para el público sino para “los otros”. Como diciendo “¿ya ven? yo puedo hacer esto y ustedes no”. Eso hay que evitar.

Ahora hay escuelas. Llegan al periódico unas muchachas con títulos inmensos, pero no saben escribir; se sientan a la computadora no pasan de una cuartilla, tienen mucha teoría pero la práctica no.


¿Y hay periodismo cultural en Yucatán?
Hay muchos jóvenes que están incursionando en eso. Lo importante es que el medio en el que trabajes te apoye, acepte tus audacias, tus aventuras lingüísticas. Porque yo cuando comencé había un estilo del que no podías salir, pero como pasa en todas partes, con el correr del tiempo, cuando ya escribiste crónica unos años, empiezas a tener cierta “autoridad” y ya no es estilo del diario, es estilo tuyo.


Si quisiéramos leer periodismo cultural en Yucatán ¿dónde tendríamos que buscar?
Hay un grupo de escritores en el que están, por ejemplo, Ariel Avilés, Escalante Tió, Roldán Peniche, Jesús Mejía, hay varios que se dedican a esto, que escriben sobre música o diferentes actividades.


¿Ha cambiado la forma de escribir?
Ha cambiado porque ahora hay vida cultural. En la época que te digo no había esa efervescencia que a veces vemos en los grupos teatrales, que en un día hay dos o tres funciones teatrales de distintos grupos. Cada semana hay sinfónica, y además hay una orquesta del Ayuntamiento. Eso no lo veías en los sesenta y setenta. Yo me iba a la Ciudad de México a estudiar cursos de verano y esos dos meses que me la pasaba ahí podía ver teatro helénico, ir a Bellas Artes, Coyoacán, había conferencias, presentaciones de libros, todos los días había algo qué hacer. Acá no había ni una librería. Empezó la evolución a mediados de los ochenta. Hubo un deseo de poner en marcha muchas actividades, hoy todos los días hay algo.


¿Qué le gusta escribir más?
Pues música, al final de cuentas conozco más.


¿Y qué le gusta menos?
Nunca me ha gustado escribir sobre pintura porque mi experiencia me dicta que los pintores son los más ególatras que hay. Cada uno se cree un genio y entre ellos hay rivalidades constantes. Yo tenía muchos problemas con los pintores. A veces eran sus cuadros expresionistas, cubistas, surrealistas, entonces uno tenía que dar su versión y no estaban de acuerdo. Yo decía: “Hombre, tú nos ofreces esto y nosotros, como público, tenemos derecho a ver e interpretar porque esto que tú haces lo tengo que convertir en palabras”. Se molestaban.


¿Eso le pasó con otros artistas?
Me di cuenta de que a veces lo que escribes puede ser doloroso para la gente. A mí me pasó esto: Una vez expuso un muchacho, que después fue pintor. Escribí una nota diciendo que algunos aspectos de su composición no. Pasaron 18 años, y un día, al salir del Diario como a la una de la tarde, me fui al Impala. Ahí estaba sentado ese señor con otra persona, ya tenía unas cervezas encima. De repente se levantó y vino hacia a mí, me dijo: “¿Se acuerda de mí? Soy Fulano. Nada más quiero que lea esto”. Sacó de su cartera el recorte amarillento de la nota y me dijo “Esto que dijiste me causó mucho daño. Estuve a punto de dejar los pinceles”. Lo leí y dije que lo sostenía, en ese momento no me acordaba de cuando lo escribí, pero si lo dije fue por una razón. No tenía antipatía por él, ni por qué decir algo para dañarlo, pero sí me di cuenta de que hay que tener mucho cuidado cuando opinas una cosa porque hay gente muy susceptible y la puedes dañar.


¿Qué consejo le daría a los nuevos periodistas culturales?
Que lean una barbaridad porque he visto que muchos que intentan están deficientes en cuanto a sus lecturas. No puedes escribir si no lees. Muchos maestros de literatura no leen y no escriben ¿cómo pueden enseñar redacción? El que se va a dedicar a esto tiene que tener estas improntas.

Después de contestar la última pregunta y de hacer él mismo otras: ¿estás contenta en tu trabajo? Ahí ¿qué escribes? ¿Cómo dijiste que te llamas? Álvarez Rendón se quedó comiendo el helado que parecía interminable, sin dejar de mirarlo, y se despidió sin darle mucha importancia a las cosas que pasan alrededor, pero fijándose siempre en los detalles de lo simple.