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Nunca lo creí de Alice Munro

Las dos caras del diván
Foto: Afp

—Nunca lo creí de Alice Munro —dice María, mientras niega con la cabeza—. Me imagino que vio la noticia. Una mujer tan culta. Y tan maldita. 

Sí que leí lo de Munro. Las críticas a la mujer, a la escritora. El cuestionamiento de sus cuentos. La duda sobre la continuidad de la Cátedra que lleva su nombre en la Western University. La quema de una bruja.

—Su pobre hija tuvo que esperar a que muriera para hablar. ¿Se lo imagina? Tenerle miedo a tu propia madre. No poder confiar en ella. ¿A quién si no a tu madre deberías de poder contarle un abuso sexual?

Pienso en esa figura de la madre: presente, confiable, leal. Una buena madre. ¿Qué otros ingredientes se requieren para semejante hazaña?

—No me sorprende. Mi propia madre. Cuando le dije sobre lo mío se puso a llorar más que yo. Su solución fue llevarme a provincia, con mi abuela. Si el agresor está en casa, lo más razonable es mandar lejos a la niña. Usted ya sabe esa historia.

Sí que me sé la historia de María. La he escuchado 55 minutos cada semana durante los últimos 3 años y medio.

—Mi madre. Uno lo cree de ella. Pero de Munro… ¿no se supone que sobre eso van sus cuentos?

¿Sobre qué va la obra de un artista? ¿De una escritora de cuentos, de una novelista, de un pintor?

Edgar Morin, el centenario filósofo francés, en su libro Sobre la estética, se hace esta pregunta. Postula, no sin fundamento, que el autor nunca sabe, al menos por completo, de dónde proviene su obra. No es consciente de lo que contiene e incluso puede equivocar su sentido. Esto se debe, dice Morin, porque la obra surge de un estado secundario que supera la consciencia. El filósofo lo denomina trance, inspiración. Asemeja este estado al que aspiraban los chamanes: un tipo de regresión a formas primitivas de pensamiento en las que culmina un proceso dualista donde se combina la forma más alta de consciencia con las capas más subterráneas del pensamiento sensorial. De esta manera se puede alcanzar el sentimiento de vida que otorga el arte: una verdadera vida que, no obstante, no es la verdadera vida. Es una vida con un plus y con un menos. La verdad y la mentira.

—Es duro tomar conciencia: mi madre prefirió a su pareja que a su propia hija —hace un par de años, María hubiera dicho lo anterior con los ojos inundados—. Pasa en México. Pasa en Canadá. ¿Algún día se acabará esa porquería?

Los chamanes, nos recuerda Morin, tuvieron una presencia universal desde las sociedades prehistóricas del Homo sapiens. En África, Asia, América; en Europa eran llamadas brujas o adivinos. Tenían poderes cognitivos y sanadores extraordinarios; tuvieron, así mismo, una función primordial de revelación. ¿Cuál es la diferencia con los adivinos Voltaire, Diderot, Rousseau, Goethe, Tolstói, Dostoyevski? ¿Con la bruja Munro? ¿Si así lo quieren, con las otras brujas: Wolff, Sand, Austen, Arendt, Mistral?

Todos están investidos —e investidas— por una misión que supera la literatura y que concierne a la historia, a la comprensión y al destino humano. Depositarios en su singularidad, de una complejidad social que los devora y sobrepasa, ponen, a través del arte, una obra que producen y que, en un juego de infinita retroalimentación, también los ha creado a ellos. Así, tanto Victor Hugo como Émile Zola se convirtieron ambos, sin pensarlo y sin querer, en neochamanes y neoprofetas; así Dostoyevski se volvió el revelador y portavoz de la verdad, de la miseria, de la profundidad humana. De paso, también fueron escritores.

—Lo bueno es que yo ya estoy más allá del bien y el mal —sonríe—. Ni me di cuenta. Usted dígame: ¿Cómo alcancé ese punto? ¿Se asimila la desgracia? ¿Se convierte en indiferencia? 

Ahora, dicen los académicos, se están preguntando cómo enseñar la obra de Munro, cómo releer sus textos. Se preguntan si es posible seguirla leyendo bajo la misma óptica. La Universidad Western se está tomando un tiempo para considerar el impacto de las revelaciones de Andrea Skinner. Más allá de Munro, es un deber condenar la pedofilia, denunciar los abusos. Más allá de Munro, leer una novela o un cuento memorable, contemplar una pintura, escuchar una ópera, resulta un proceso complejo: no puede hacerse sin considerar al autor, pero debe hacerse sin tenerlo en mente.

El arte —diría María— está más allá del bien y el mal. 




*Escritor, sicoanalista y siquiatra de adultos y niños

[email protected]


Edición: Estefanía Cardeña


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