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Los disfraces de la cultura

Es raíz, mirada, identidad, emoción, percepción orientada y manera de habitar el cosmos
Foto: Jusaeri

Existen cientos de definiciones de “cultura”, pero casi todas confluyen en algunos lineamientos básicos que la caracterizan como un fenómeno derivado de nuestra condición gregaria que, al constituirse como un sistema de creencias y de signos que le dan sustancia a nuestra sensibilidad, otorga un sentido al menos precario a nuestras acciones, nuestras reacciones, nuestra rutina, nuestros sistemas de valores y nuestras formas de coexistencia, desde las que implican afectividad hasta las de orden práctico y aun las que no operan en los terrenos de nuestra voluntad.

La concreción de un sistema de signos estructurado en sistema de creencias se traduce de varias maneras, pero quizá la que tenga un mayor peso en nuestro imaginario es la del arte, circunstancia que a veces hace irreconocibles las fronteras entre arte y cultura, lo que puede ser lamentable cuando se desarrollan proyectos de promoción cultural.

Y es que así como el arte es una manifestación de la cultura a través de la cual los miembros de una comunidad proyectan no solamente su forma peculiar de mirar el mundo sino también la manera en que su sensibilidad (concretamente, esa parte que produce y reproduce nuestras emociones) es impactada por ese mundo, la cultura es también raíz, mirada, identidad, emoción, percepción orientada y manera de habitar el cosmos, lo que se traduce en sistemas de valores y en proyecciones estéticas como la cocina, el vestido, las formas del festejo, las manifestaciones de la emotividad y los anhelos y las aspiraciones de una colectividad.

En México, a raíz del triunfo de la Revolución se instituyó un proyecto de gobierno en el que la cultura tenía un papel central en la edificación de las nuevas estructuras institucionales, algo que era ciertamente una demanda, pero que también era una necesidad de orden político (con todos los matices que supone el asunto, la Revolución Mexicana no solamente buscaba democratizar al país, sino recuperar su viabilidad como nación después lustros de anquilosamiento en todos los órdenes, pero especialmente en el cultural, donde todos los modelos tenían su referente en la cultura francesa).
 
Desde entonces, las diversas escalas de gobierno han establecido un compromiso de apoyo a “la cultura”, prácticamente como una obligación a rajatabla, algo que a veces nos hace perder la dimensión de las relaciones entre gobierno, sociedad y cultura (alguna vez, un tipo me dijo que era obligación de todos gobiernos apoyar a la cultura y yo le respondí que no tenía la menor idea de lo que decía y que me nombrara algo similar al Conaculta o la Sedeculta mexicanos en su versión alemana, norteamericana o inglesa).

Me atrevo a decir que el modelo mexicano ha sido único para bien y para mal, pues ciertamente ha permitido una gran proyección de lo que somos, pero también ha producido mafias, cofradías y otros vicios.

Como quiera, el modelo necesita revisión y tal vez el primer paso sería una especie de reconceptualización de las funciones de las instancias culturales en las que hasta ahora la mayor parte del pastel la habían tenido los proyectos artísticos. 

Después de casi cuatro décadas de neoliberalismo se hacen necesarias algunas estrategias de Ingeniería Social que permitan la reconstrucción del sentido comunitario y ello nos obliga a revisar los conceptos y funciones de la promotoría cultural, así como los objetivos de las instituciones culturales que dependen del gobierno.
Me queda claro que la verdadera cultura se hace a pesar de los funcionarios y a veces incluso en contra de las mismas instituciones culturales; la cultura es resistencia, mecanismo de defensa, perspectiva crítica, resiliencia y capacidad de persistir. La cultura también es vínculo y éste es un factor absolutamente necesario para defendernos del individualismo que sembró en nuestra manera de vivir el proyecto neoliberal.

Necesitamos hacer un esfuerzo colectivo de creatividad para darle forma a un proyecto institucional de cultura que promueva el sentido comunitario, la solidaridad y la paz y no solamente el arte y a algunos artistas. Los seres humanos se vinculan para reafirmarse como parte de un conglomerado tanto como para reafirmar su individualidad (que no su individualismo) y ese vínculo es ineludiblemente simbólico y, por tanto, resultado del cultivo de nuestras coincidencias y de nuestras diferencias, a partir de nuestra capacidad de tolerancia y de nuestra habilidad para el encuentro.

Parece entonces necesaria la refuncionalización de nuestras instituciones culturales atendiendo las necesidades de la transformación en marcha (la Historia es impermeable a la nostalgia y por eso no camina en sentido contrario). Lo que viene es la discusión sobre las opciones, considerando lo necesario y lo posible. 
Lo cultural tiene que mirarse al espejo, pero también tiene que atender los datos escondidos que le proporciona ese otro espejo que es la sombra.
Lea, del mismo autor: Epistolario


Edición: Estefanía Cardeña


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