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El abandono de los clásicos de la literatura

Los personajes que los lectores encuentran en estos textos no corresponden a su individualidad
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

En la actualidad, las grandes obras de la literatura han dejado de ser leídas, sobre todo por las nuevas generaciones. De pronto, la lectura de los libros más importantes de la literatura universal ha sido abandonada. Obras como La Ilíada y La Odisea, de Homero, o Don Quijote de La Mancha, de Cervantes, o La Eneida, de Virgilio, o La Divina Comedia, de Alighieri, o Hamlet, de Shakespeare, han visto demasiado reducida su lectura. También los libros relevantes más cercanos al presente siglo, como los del Boom Latinoamericano, han sido abandonados en los libreros y las librerías, como La muerte de Artemio Cruz (Carlos Fuentes), Cien años de soledad (Gabriel García Márquez), Rayuela (Julio Cortázar) o La ciudad y los perros (Mario Vargas Llosa), que marcaron un hito cultural en los años sesenta y setenta del siglo XX.

Al parecer, el uso de los dispositivos electrónicos por medio de los cuales la gente se comunica a través de las redes sociales ha afectado esta actividad cultivadora que es la lectura de obras literarias, tanto las clásicas como las contemporáneas. El cerebro de la gente actualmente está siendo entrenado en la inmediatez, en la que cada individuo está pendiente de las notificaciones que llegan a su celular casi permanentemente. Además, opta por ver videos muy cortos que le permitan saltar a otros que tratan diferentes temas, en lugar de sentarse a ver un documental completo y más largo que le permitan reflexionar sobre el tema proyectado. Estas circunstancias provocan la activación constante de la dopamina, el neurotransmisor que actúa en el sistema nervioso y que refuerza conductas al relacionar acciones con sensaciones de placer.

Por otra parte, el abandono de la lectura de los clásicos también se debe a problemas de corte emocional. Muchas personas evitan incomodarse al leer obras literarias porque en éstas generalmente hay tensiones propias de los dramas narrados. En su lugar, prefieren mensajes amistosos muy cortos o ver videos muy breves que les encanten. Para las nuevas generaciones, la literatura clásica les incomoda, no les consuela. Por esto, prefieren el bienestar inmediato, que lo obtienen entre sus contactos de las redes sociales, ya sea a través de mensajes de tres palabras o un reel de Facebook (60 segundos de duración máxima).

Respecto del lenguaje de los clásicos de la literatura, los textos son demasiado largos y complejos, por lo que, para su cabal comprensión, la gente requiere dedicarle el tiempo suficiente para su lectura y la inevitable reflexión.  Por estas razones, las generaciones jóvenes prefieren una lectura rápida y “útil”, y recurren a los mensajes instantáneos y brevísimos, incluso sin que importe la ortografía de las palabras ni la buena sintaxis. Sin la lectura de los clásicos, nadie podrá aprender el lenguaje que la gente usa para comunicarse y avanzará el deterioro del mismo con la práctica permanente de los mensajes inmediatos.  

Además de lo anterior, los clásicos no proporcionan identidad, ya que los personajes que los lectores encuentran en estos textos no corresponden a su individualidad, y mucho más si los mundos que son narrados pertenecen a tiempos muy lejanos y culturas muy distintas. Al parecer, las nuevas generaciones buscan afanosamente verse identificados en otros, como si los demás fueran su reflejo. Y como los clásicos universalizan, a los jóvenes nos les son útiles. Por si fuera poco, la individualización dificulta el desarrollo de la empatía con los demás y la valoración del otro.

Habituadas a la inmediatez, la rapidez, lo vertiginoso, las nuevas generaciones evitan el silencio y hablan lo que les viene a la cabeza porque su cerebro les exige estar en contacto permanente con los demás, aunque sólo por encima. Esta situación les impide detenerse ante lo complejo y analizarlo para obtener una reflexión final, una conclusión de vida y continuar en ella de mejor modo. Leer es pensar el pasado, es escuchar a los otros, es, incluso, reconocer atributos propios. Y leer los clásicos de la literatura requiere tiempo, aunque muchos crean no tenerlo, tiempo suficiente para la lectura y la reflexión. Y todo sólo para ser mejores personas, más críticas, más comprensivas, más empáticas, más imaginativas, más creativas, más propositivas. 
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Edición: Estefanía Cardeña


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