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Perdón: sí o sí (tercera parte de tres)

La verdad es que Europa necesitaba más de América
Foto: Efe

La verdad es que Europa necesitaba más de América que ésta de aquella. 

La transferencia de riqueza y de bienes de consumo trasladados desde nuestro continente trajo un auge económico en muchos países europeos, menos en la propia España que, entre la corrupción (otro lastre que nos heredaron los españoles), la pésima administración de Felipe II y la manutención de una enorme masa de población improductiva (que comenzaba con el propio clero), tenía a la llamada “Madre Patria” en una situación miserable (basta asomarse a la literatura de finales del siglo XVI y principios del siglo XVII para probar esta afirmación). El cronotopo del camino en la literatura del llamado Siglo de Oro habla de masas migrantes, y la migración es probablemente el mejor indicador sociocultural de la miseria: El Quijote, de Cervantes, y Las soledades, de Góngora, ejemplifican esta afirmación, misma que también se puede ilustrar con la pintura de Murillo.

En sentido contrario, América era una región en auge y la Ciudad de México era el ícono de esa bonanza, algo así como lo que fue Florencia durante el Renacimiento, Nueva York durante el apogeo del imperialismo yankee o Shanghái en este tiempo que vivimos. Si alguien tiene dudas de lo que aquí se afirma, puede leer Grandeza Mexicana, de Bernardo de Balbuena, un gran poema publicado en 1604, un año antes de El Quijote

Así, mientras en la Ciudad de México todo era actividad y esplendor, en los caminos que recorría el personaje manchego todo era miseria y desolación (leer la Historia a través de la literatura puede resultar una experiencia interesantísima).

Los europeos no nos redimieron de nada; nosotros los salvamos de la hecatombe, por lo que no solamente deben pedirnos perdón, sino también darnos las gracias: les mandamos maíz, trigo, cebada, productos de algodón, de lana y de seda; les mandamos oro y plata, les dimos el chocolate, la papa y el tomate (la gastronomía italiana no existiría sin él), les obsequiamos el prodigio del aguacate y del maní; les dimos a conocer más de cuatro mil plantas. Ellos estaban en medio de una tremenda crisis ecológica y sanitaria derivada de sus malas prácticas agrícolas y de sus pésimos hábitos de higiene.

Cuando en octubre de 1519 Hernán Cortés cruzó el paso entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, a poco más de 3500 metros sobre el nivel del mar, según él mismo lo narra en la Segunda Carta de Relación que le enviara a Carlos V, no pudo sino admirarse ante el espectáculo panorámico de una gran ciudad llena de canales, puentes y calzadas, de plazoletas y de mercados que expendían frutas, pescado, legumbres y alimentos diversos, además de vestimentas, joyas, madera labrada, pieles curtidas, hierbas medicinales, plantas de ornato, miel, seda y tejidos de algodón. Cortés se admira de la ingeniería urbana de la Gran Tenochtitlán, de sus sistemas de abastecimiento de agua y de drenaje, de su limpieza, de y su orden, de la elegancia de sus pobladores y de la habilidad de sus artesanos. 

Cortés consigna en esta segunda relación su asombro de que los mexicas, siendo “gente bárbara y apartada del conocimiento de Dios y de otras naciones de razón” (ojo con el discurso discriminatorio) vivan con señorío y hasta con refinamiento en un ámbito como no hay ningún otro en España y en toda Europa.

Termino con unos prodigiosos endecasílabos de Bernardo de Balbuena, dedicados a la más esplendorosa ciudad del siglo XVII: “Es todo un feliz parto de fortuna, / y sus armas, un águila engrifada / sobre las anchas hojas de una tuna; / de tesoros y plata va preñada / y una flota de España, otra de China, / de sus sobras cada año va cargada.”.

No solamente nos deben pedir perdón; nos deben dar las gracias porque, a cambio de las calamidades, la crueldad y las enfermedades que nos trajeron, nosotros mitigamos el hambre de la mayor parte del continente europeo a principios del siglo XVII y hasta después de la llamada “Guerra de los Treinta Años”, que terminó hacia 1648.

Esa disculpa que se nos regatea, sólo reafirma la perversidad y sinrazón de este suceso histórico.


Lee las partes anteriores:


Edición: Estefanía Cardeña


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