Opinión
Cristóbal León Campos
15/06/2026 | Mérida, Yucatán
El deporte profesional en los países capitalistas siempre ha sido un negocio, eso se sabe; de forma particular, competencias como las Olimpiadas o los Mundiales de Futbol han tenido ese sello; no obstante, es una característica que con el paso de los años se agudizó, dejando atrás el espíritu de convivencia y encuentro entre naciones con el cual nacieron, aunque desde su inicio los símbolos y las formas de actuar del poder económico y político global han estado presentes.
Ahora, en 2026, no es la excepción; la Copa del Mundo que se desarrolla en tres países (México, Canadá y Estados Unidos) tiene un claro sello imperialista y neocolonial, cuyas imágenes y mensajes se fueron incrementando después del lamentable sometimiento del deporte al poder económico expresado en la visita a la Casa Blanca de diversas estrellas del futbol internacional encabezadas por Lionel Messi, quien sin reparo de culpa posó junto a Donald Trump acompañado de otros jugadores como Luis Suárez, cobrando un gran significado por ser referentes latinoamericanos, en un contexto de abierta agresión imperialista, pues como ejemplo podemos recordar el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores en Venezuela en enero pasado, hecho que representa una violación al derecho internacional impune, y además, en el caso de Messi, siendo la estrella global del balompié, su imagen fue utilizada para legitimar un Mundial colonizado de antemano. Y para Argentina en particular, por si fuera poco, el posar junto a Trump legitima a Javier Milei, que se ha entregado en su totalidad a la alianza yanqui-sionista, lo que no es cosa menor por el daño que ha causado a los derechos laborales, la educación y a las jubilaciones del pueblo en el país sudamericano; sin obviar que cuando se dio la visita referida, las atrocidades genocidas en Palestina, Líbano e Irán se incrementaban.
Además, en enero, el imperialismo agudizó el bloqueo a Cuba con la prohibición de envíos de petróleo, con el objetivo de asfixiar al pueblo de la isla y derrocar a su gobierno revolucionario, lo que no deja lugar a duda de que los futbolistas que acudieron a dicho encuentro no son inocentes y es clara su complicidad, la cual está supeditada a los millones de dólares inyectados en publicidad y propaganda para ocultar la realidad global que enfrentan los pueblos.
A pocos días de iniciar el Mundial, diversas situaciones se dejaron ver. En nuestro país, los reclamos sociales entraron en contradicción con la lógica mercantil-capitalista de la Copa del Mundo, discursos de un lado y del otro se entrecruzaron sin reconocer lo justo que resulta la lucha del magisterio por mejores condiciones de vida, la urgencia de la búsqueda de las madres por encontrar a sus familiares, el cansancio de las familias de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa que pronto cumplirán 12 años sin avances en las investigaciones, y muchos otros dolores pendientes, en un contexto de extrema politización por los intentos de la derecha de colgarse de estas luchas, tergiversando las grandes diferencias que existen entre los reclamos sociales desde la base y el territorio real, con aquellos oportunistas del conservadurismo que solo buscan provocar la represión y la confrontación para desprestigiar al gobierno actual, aunque es necesario también tomar conciencia de que el progresismo en su historia latinoamericana ha cometido grandes errores al obviar las causas que incluso le dieron origen, y esta es una contradicción que ha sido vital para los avances o retrocesos en los procesos políticos de transformación que no puede simplificarse con una mirada de buenos y malos. Esta misma situación se ha vivido en Estados Unidos, donde las comunidades migrantes siguen rechazando las políticas racistas que los criminalizan, al tiempo en que la sociedad estadounidense se desmorona con la pobreza en aumento y el gasto público dirigido a costear campañas de guerra y genocidio en otras latitudes en vez de solucionar las necesidades sociales.
A todo esto, se le debe sumar los casos de racismo, discriminación, violación de los derechos humanos, desprecio cultural e histórico de las naciones latinoamericanas, caribeñas y africanas, a manos de agentes estadounidenses, así como la prohibición por parte de la FIFA del uso del español en las conferencias de prensa en los Estados Unidos con la excusa ridícula de la falta de traductores. Los hechos abundan: a la selección de Haití se le obligó a cambiar su playera de juego por llevar símbolos referentes al proceso de liberación de los esclavos negros, una lucha anticolonialista que dio comienzo a la emancipación de los países de nuestra América; al mejor árbitro africano se le negó la entrada a los Estados Unidos sin ninguna razón y se le deportó como si se tratara de un criminal; a selecciones africanas y asiáticas se les retuvo e inspeccionó como si fueran delincuentes o narcotraficantes, violando así su dignidad; a la selección de Irán se le hostigó y su jugador estrella fue retenido por siete horas sin razón de peso, además de que no se les permitió permanecer en Estados Unidos antes de sus partidos con sede en esa nación, teniendo que establecerse en México y viajar el mismo día para poder jugar, algo que sería solo ridículo, sino absolutamente violento. Los ejemplos sobran, y el colonialismo se muestra, además de la negación de la historia de Haití, nación que se encuentra sometida al abandono global, y el caso de
la prohibición de uso del español; no debe olvidarse que Trump se burló de este idioma frente a 13 gobernantes latinoamericanos en marzo pasado, cuando efectuó una reunión para dar a conocer lo que llamó “Escudo de las Américas”, siendo en realidad un ente de dominación neocolonial.
Y en el aspecto deportivo, la FIFA ha convertido todo en mercancía, desde la dignidad de los jugadores como Messi, entregado al poder yanqui-sionista, como los propios tiempos del juego, entrecortados para la oferta de mercancías en busca de consumo global, así como la privatización de la transmisión de los partidos, junto a los altísimos precios de los boletos para ver un juego en vivo, tal y como sucedió en México con la inauguración. Todo esto, y mucho más, hace que hoy la pelota esté manchada; el juego es mercancía y las soberanías se violentan en territorios y en espacios simbólicos. El balón rueda, pero preguntemos quién paga y lo hace girar…
Edición: Estefanía Cardeña