Andrea Medina
La Jornada Maya

29 de julio, 2015

Yucatán es una tierra mística de leyendas, de historias que evocan el fulgor de nuestras tradiciones.

– No, no, ¡entiende!

– Déjame abrazarte, no seas frío.

– ¿Frío?, si hacen 40° en esta pinche ciudad. Si el frío es lo que extraño.

– Chilango, no aguantas nada.

Abril

Tenías dos semanas de haber aterrizado en esta ciudad, empezaba ese infierno que todos los noviembres entre pibes comenzamos todos a olvidar para sumergirnos en la fantasía del buen clima, en los vientos frescos y en las noches de sereno. Recuerdo esa primera plática que tuvimos, tu discurso feliz de recién llegado a la península, de first date con la ciudad:

– Sí, mira, es que siempre estuve fascinado por todo este asunto de los mayas y la historia de Yucatán, me parece de lo más interesante la cultura de la península y pues decidí que tenía que vivir en Mérida, cerca de todo eso ¿no?, de los cenotes, de Chichén, de todo pues y me encanta, !está chingoncísimo!

Te miré con tus rasgos de bello ingenuo. Esa historia me la conocía de sobra pero nunca me la contaron unos labios tan lindos; te dejé hablar, te dejé llevarme a tu casa una vez tras otra, te dejé ser el protagonista alfa de nuestro cuentito de vaqueros: de frente, de espaldas, de pie, a medio vestir, desnudos completos y siempre con la luz de la calle filtrándose por tu ventana para la perfecta iluminación de mis ojos de súplica y mi boca anhelante: tu escena favorita todas las noches restantes de abril.

Mayo

– ¡Está de la fregada el calor!, necesito otro ventilador. No descanso bien por las noches y no rindo bien por las mañanas.

– Ni por las noches.

– Eso no es verdad.

Los termómetros empezaron a subir. La soberbia inicial de Vicente Guerrero de La Salle se te empezó a escurrir por las sienes, a empapar tus playeritas hippies bien planchadas. La mirada poética con la que bajaste del avión se estaba transformando en un lento parpadear cargado de sopor; el acto de bajar los cristales del auto estacionado a las dos de la tarde era un sutil manifiesto de derrota ante el calor: lento, torpe, mecánico, rendido. Las noches dejaron de ser esas épicas batallas eróticas entre esas cuatro paredes y se convirtieron en batallas de cantina por la dirección del ventilador. Las mañanas comenzaban con una queja que invariablemente acababa con un “no se puede vivir así”, con tu voz jadeante y amodorrada.

Junio

Me despertó el ruido de las cosas moviéndose. Salí del cuarto, vi la casa vacía y tu auto lleno. Entré de nuevo y me senté en la hamaca a esperar en ese cuarto de paredes blancas. No me dio la gana de vestirme. Entraste, me miraste, te hablé:

– Entonces te vas, ¿y los mayas?

– No sé. Ya no sé si la arqueología es lo mío.

– ¿Qué pasó, corazón?¿Se veía mejor en los documentales?

– No, no. No es eso, simplemente estoy confundido. Necesito pensar, alejarme y pensar.

Y así, me subí a tu carro emprendiendo nuestra ruta de despedida. En el camino a mi casa compartí el asiento con una estufa eléctrica, una bolsa de lavandería y un pequeño ventilador. Al llegar, te di un beso breve, nos bajamos y me diste un abrazo igual de breve, nos regalamos medias sonrisas y un buen par de miradas ausentes, agotadas, pero esta vez no era un letargo de cansancio sino de reconocida complicidad. Se cumplió el plazo, los dioses habían triunfado. Una vez más, los cálidos alientos ancestrales habían hablado y se había completado otra prueba victoriosa de la conocida venganza de Kukulkán.

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