Raúl Lugo
Foto: Raúl Angulo
La Jornada Maya

Sábado 10 de septiembre, 2016

La discusión pública cada vez más informadasobre la orientación y las prácticas de las personas homosexuales es una discusión de largo aliento. Viene de hace muchos años y se ha ido enriqueciendo con aportaciones de las ciencias sociales que han ido acompañando la mutación de conciencia que se ha ido operando en el corazón de personas, naciones y culturas. El cambio que atestiguamos en las nuevas generaciones con respecto al tema parece ser irreversible y no lo pondera solamente quien no quiere hacerlo.

Y la mutación de la que hablo es muy simple y cualquiera puede constatarla. Se trata de un colectivo “caer en la cuenta” de que estamos frente a una realidad antropológica que sencillamente es así. Se trata de un auténtico descubrimiento humano, aunque pueda parecer banal. Nos estamos dando cuenta sencillamente de que hay personas que son homosexuales, lo cual no convierte a estas personas en algo especial ni las hace ni más ni menos capaces para realizar cualquier cosa. Para decirlo con las palabras del teólogo católico James Alison: “Sencillamente es así, como la lluvia y las mareas y la existencia de personas zurdas.”

Este reconocimiento no ha necesitado de líderes que lo expliquen, ni han servido las ingentes cantidades de dinero y las energías que se han desplegado para frenarlo, sino que cada vez más emerge gente que se reconoce como homosexual, y también reconoce que eso no tiene mayor importancia. Y cada generación más joven tiene mayor dificultad en entender por qué algunos entre sus mayores tienen tanto problema con esto. Y cada vez más países reforman sus leyes para que los derechos de las personas homosexuales sean respetados y se combata la discriminación contra ellas.

Entender la sencilla existencia antropológica de lo gay sigue exactamente el mismo cauce que el proceso por el cual hemos llegado a entender el mundo real al dejar atrás creencias supersticiosas. Antiguamente, por ejemplo, se trataba de entender el funcionamiento de los cambios climáticos como atribuidos a ciertas viejas feas, tenidas como brujas, o, como aparece en la película “Apocalypto”, de Mel Gibson, a la sed no saciada de las divinidades mayas. Esto ofrecía a los manejadores de la religión, propagadores y defensores de esa superstición, la posibilidad de disculparse cuando sus pronósticos del tiempo fallaban ostensiblemente. En caso de que hubiera una cosecha mala o una inesperada granizada, siempre había brujas que ejecutar o mayas que sacrificar para declararlos culpables de la catástrofe. Esta práctica supersticiosa, alentada con cierta perversidad, sacó de apuros a los sacerdotes y adivinos, pero retrasó durante mucho tiempo la comprensión del porqué del funcionamiento climático. Fue necesario que la superstición fuera desmontada, que se dejara de creer en la falsa culpabilidad de las brujas o del insuficiente número de mayas sacrificados, para que llegaran a formularse las preguntas que llevaron a entender la meteorología.

Esta nueva comprensión viene acompañada del reconocimiento, ya desde la segunda mitad del siglo XX, que no hay defecto psicológico que esté presente entre las personas homosexuales que no lo esté en los heterosexuales y viceversa. En efecto, en cada época histórica han ido desapareciendo prejuicios y hoy no suscribiríamos ideas que apenas hace cincuenta años eran consideradas normales, como que el marido pudiera pegarle a la esposa, o que un negro no pudiera casarse con una blanca. Pero no siempre fue así. Y en las épocas en que esto no fue así, la mentalidad mayoritaria, el prejuicio visto como normalidad, se justificaba diciendo que eran realidades naturales, objetivas, inscritas en la naturaleza humana, aunque hoy nadie se atreva a sostenerlas en voz alta.

Desde el campo de las religiones cristianas, sin embargo, este cambio antropológico representa un reto de índole teológica. La emergencia de las personas homosexuales puede ser interpretada desde dos perspectivas: Hay quienes piensan que es producto de la degeneración de nuestra cultura, muestra palpable de la perdición a la que hemos llegado. Otros, en cambio, pensamos que es un signo de los tiempos y que bien podría ser considerado acción del Espíritu, que sopla donde quiere y nadie sabe de dónde viene ni a donde va.

La doctrina actual de la iglesia católica parte de la convicción de que las personas homosexuales no existen como tales, sino que sólo existen personas heterosexuales individualmente defectuosas con una tendencia más o menos fuerte hacia actos considerados gravemente inmorales. Éste es el argumento que, sin ser enunciado claramente, sirve de sostén a toda nuestra posición actual como iglesia frente a este tema: que no existen personas homosexuales en cuanto tales, sino que son heterosexuales defectuosos o desviados. Por eso resulta explicable (que no justificable) el apoyo que algunas iglesias han ofrecido a las famosas “terapias reparadoras” que prometen regresar al homosexual a su naturaleza original, la heterosexualidad.

El problema es que la concepción que sostiene la iglesia está cada vez más en cuestión y no considera las aportaciones de la ciencia en este campo. Por eso pienso que el “caer en la cuenta” antropológico de la existencia de personas homosexuales no es un asunto anecdótico. En la iglesia tenemos que confrontarnos con esta mutación de conciencia colectiva que se está desarrollando delante de nuestros ojos y dejar de atribuirla exclusivamente a una presunta degeneración cultural. Este debate, ojalá terminemos por reconocerlo de una vez por todas, se está dando en la mayor parte de las iglesias cristianas. Si algunas personas son sencillamente homosexuales y este hecho no obedece ni al pecado, ni al desorden, ni al vicio, ni a fracasos de los papás ni a ingerencias de espíritus malignos, entonces tendremos que enfrentar con nuevas respuestas la cuestión de la diversidad sexual y ofrecer una nueva aproximación teológica a esta realidad.

A nada de eso colabora la marcha promovida por el Frente Nacional por la Familia, que a duras penas trata de ocultar bajo el argumento de defensa de la familia su objetivo fundamental: que el derecho de las personas no heterosexuales a casarse y a formar una familia sea reconocido por el Estado. Lamento que la Comisión Permanente de la Conferencia del Episcopado Mexicano se haya unido a esta convocatoria y la promueva. No todos en la iglesia estamos de acuerdo en que el reconocimiento de las uniones entre personas homosexuales sea un ataque a la familia, ni compartimos la creencia –apoyada en afirmaciones catastróficas que se han mostrado mentirosas– de una especie de conspiración internacional que trata de pervertir a los niños y niñas. Por eso no marcharé


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