Gulliver peninsular

Especial: Esplendor u ocaso
Foto: SATYA S.C. / Poseidón Centro de Buceo

Sí, el tiburón ballena de la península de Yucatán, el Rhincodon typuses por su nombre científico, es el Gulliver de nuestra tierra: el coloso más imponente para el que -irremediablemente- nosotros debemos parecer simples liliputienses. Claro, como ciudadanos de Liliput no podemos dejar de molestarlo y – simultáneamente – admirar a este habitante marino que de forma periódica nos visita desde su lejano Brobdingnag. Un país de criaturas descomunales que cada vez nos queda más distante. 

Empecemos por lo obvio, las cuentas no lucen bien. Hace un par de décadas teníamos un pequeño grupo de lanchas y turistas contemplando a cientos de estas majestuosas criaturas en su hábitat. Hoy la ecuación se ha invertido, nos encontramos a un puñado de tiburones siendo admirados – y a veces perturbados – por decenas de lanchas y cientos de turistas. Es la ecuación de la sobreexplotación, la necesidad económica, el cambio climático y de una riqueza natural que nos llama a hacer algo para no perderla nosotros, ya no para los próximos años o nuestros hijos, sino en esta misma generación.

 

Foto: SATYA S.C. / Poseidón Centro de Buceo

 

Algunos años atrás, no muchos,  bastaban unos minutos de travesía en lancha desde Holbox para poder nadar con ellos, ahora se requieren más horas que las que Lemuel Gulliver dedicó a viajar y a narrar. En Cancún ocurre lo mismo, antes unos instantes eran suficientes  para encontrarlos en Islas Mujeres; todavía uno que otro animal despistado sigue apareciendo por esos rumbos, pero la realidad es que hoy se deben navegar hasta 45 millas desde el principal destino de playa del país para poder observarlos.

Ya no se necesita una mirada aguda para saber dónde están los tiburones y sus compañeras las mantas gigantes (Manta birostris), ahora donde uno ve la aglomeración de botes en medio de la nada, ahí seguramente estarán estos gigantes náuticos alimentándose. Más que un ejercicio de contemplación casi místico, ahora es una experiencia que se alquila por Internet y que requiere toneladas de paciencia, antes que tonelaje tiburonesco. 

Hay que ser honestos y justos, la casi totalidad de los operadores turísticos respetan las reglas para observar a estos animales, pero unos cuantos son suficientes para que tiburones y mantas no puedan alimentarse, estar en paz y, por lo tanto, cada vez busquen lugares más remotos. Así, uno puede ver botes que básicamente se le atraviesan en el camino al tiburón y lo obligan a cambiar de curso, turistas temerosos del mar que le exigen a su guía básicamente saltar enfrente y encima del tiburón porque no quieren nadar, lanchas que los encapsulan en unas “cajas de viaje” saladas y líquidas.

 

Foto: SATYA S.C. / Poseidón Centro de Buceo

 

Y claro, no falta el imprudente que los toca. Desde la superficie el espectáculo no es bello, es caótico, y uno puede incluso presenciar los conflictos entre el turista que exige que se respeten las reglas y el “yahoo”, utilizando otro término de Jonathan Swift, que cree que puede hacer lo que quiere y para el que no hay autoridad que le indique ciertos patrones mínimos de comportamiento.

Sin embargo, una vez que uno salta al agua, todo cambia. El estado de la materia y el estado de ánimo. Ahí, los tiburones aparecen increíbles en sus colores, en su diseño hidrodinámico, en decenas de cualidades más allá de su simple tamaño. Se reflejan, desde abajo, en el techo de cristal que es la superficie y parecen dos tiburones nadando uno encima del otro. 

Esos colosos básicamente no hacen movimientos corporales y cuando su enorme aleta propulsora apenas se agita es imposible, incluso para el nadador y buzo mas experimentado, mantenerles el paso más allá de dos o tres segundos. Nuestros esfuerzos les son ajenos mientras avanzan como si no lo hicieran.

Todo esto ocurre teniendo como marco un mar de un azul hermoso, el azul caribe, el azul de agua transparente y de un fondo que empieza desde el tono más claro hasta alcanzar una imponente sombra oscura. 

Pasado el frenesí de los turistas que llegan con horarios ya prestablecidos y una vez que la mayoría de las lanchas han regresado a sus bases de operaciones, uno puede disfrutar enormemente a estos animales. El tiempo regresa y la ecuación vuelve a ser como debe serlo, un puñado de turistas y decenas de tiburones.

 

Foto: SATYA S.C. / Poseidón Centro de Buceo

 

En la calma aparecen las mantarrayas nadando a lado de ellos, más bien volando, nadando en realidad es una descripción que no les hace justicia.

Sí, otra de las maravillas de la temporada veraniega peninsular son estas ballenas y estas mantas gigantes, son otra manifestación de un paraíso frágil que si lo cuidamos puede generar prosperidad y oportunidades para todos los que aquí vivimos, pero que en el curso actual de las cosas no nos lleva por una ruta sostenible. Ahí están las aletas lastimadas de estos tiburones majestuosos como prueba de lo que estamos haciendo mal.

Vamos a necesitar nuevas reglas y nuevas formas para que miles de familias puedan seguir viviendo prósperas y orgullosas de los recursos y de las cosas asombrosas que hay en esta península, en la superficie, bajo tierra y bajo el agua.

Los tiburones ballena al igual que la temporada de playa en Yucatán son criaturas de junio, julio y agosto. Ellos también hacen verano, aparecen con la primera luna llena de junio y ya en agosto es cada vez más difícil encontrarlos.

Así como una golondrina no hace un verano, debemos todos los habitantes de esta península, preguntarnos qué tenemos que empezar a hacer para que en unos cuantos años no enfrentemos la dura realidad de que un tiburón ballena, en números cada vez más escasos, ya no podrá tampoco hacer el verano. Pasará junio, julio y agosto con un mar desierto y en completa calma.

Recordemos que Gulliver al final se fue y dejó a los liliputienses solos con sus pequeñas disputas. Que eso no nos pase a nosotros. Seamos esos necios que conjuran para cuidar lo majestuoso, lo colosal, lo que sí vale la pena.

 

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Edición: Laura Espejo