Un Cristo Negro de mar: El señor de Sisal

Especial: Esplendor u ocaso
Foto: Emilio Prieto

María del Carmen Castillo Cisneros / Emilio Prieto Gómez

Cobriza y calma quedó la mar al caer la tarde del 29 de agosto. Una, sobre la que, a temprana hora por la mañana recorriera en su lancha “Santa Rita”; el Cristo Negro, Señor de Sisal, patrono de los pescadores, ataviado con un sudario lapizlázuli con incrustaciones de flores, corona y esclavas bañadas en oro. Como cada año, este Cristo se hace a la mar visitando los puntos que los pescadores de este primer puerto yucateco recorren en búsqueda de frutos marinos que sustentan su trabajo. Cohetes, vítores, una charanga y más de 60 lanchas acompañamos al Cristo en su recorrido. Nuestro guía, coordinador de los cargadores e interlocutor, mejor conocido como “Aire” nos cuenta que el señor apaciguó la anunciada tormenta y que, como pudimos observar, el Señor había traído la bonanza para salir a pasear en su mar.

Agosto es un mes de fiesta para los pobladores de Sisal, que año con año reciben la visita de su Santo Patrono, el Cristo Negro, al que hospedan a lo largo de un mes en la iglesia de su pueblo. Como cada visitante cuya presencia se anhela, este Cristo es esperado y alrededor de su estancia participa de la vida del pueblo con actividades varias. Si bien, la procesión en lanchas que marca el final de su periodo en Sisal es lo que más se conoce, las peripecias anuales comienzan alrededor de 40 días antes.

–Entonces soñé al Cristo; relata Aire

–Me decía que ya me apurara para traerlo a Sisal. Me dio fuerzas, me animó y pronto me fui a Hunucmá para empezar los trámites de este año, la petición pública y el protocolo de permiso. 

–El Cristo, en sueños, me despertó increpando todo lo que debía hacer, diciendo clarito que si no actuaba pronto este año no vendría a Sisal.  Desperté con su frase en mi mente: Si este año no voy a Sisal será porque no cumpliste tu tarea.

Es así que, el 1 de agosto, el Señor de Sisal regresó a su pueblo, al lugar donde según cuentan los pobladores se le vio por primera vez a orillas del mar. Al compás de gritos y aplausos fue recibido y cargado hasta la punta del muelle, donde los cargadores que lo custodian pronunciaron un padrenuestro y una ave María colocándolo frente al mar en una especie de primer punto de llegada para dar inicio al mes que se quedaba en el puerto.  Después, caminaron con el Cristo a cuestas por la calle principal para llegar a la iglesia y colocarlo en un altar rodeado por las estandartes de los gremios y decorativas notas de mar.

El Señor de Sisal es su patrono y la deidad más importante para los pescadores de la región, ya que aseguran que “una vez que pasea el negrito, sale más pulpo”. Pero ese recorrido no se hace sino hasta el último domingo de agosto en la víspera de su despedida.

José May, Aire, presidente cargador y custodio mayor de las imágenes de la Iglesia de Sisal, recibió del anciano don Pedro Irineo Novelo, la consigna de que cada año el Cristo debía llevarse de Hunucmá a Sisal. Antes de morir éste le contó cómo aquel Cristo, según cuentan los abuelos, había sido encontrado a un costado del muelle y que, como arribaban piratas y corrían las amenazas de quemar el puerto, un grupo de personas se lo llevó al monte y luego decidió guardarlo en Hunucmá. Años después, se tomó el acuerdo de que -previo permiso- los custodios de la imagen en Hunucmá permitieran su visita cada agosto al puerto de Sisal. Es así que la devoción a este Cristo Negro envuelve un sinfín de historias de marinos, piratas y relaciones entre dos pueblos peninsulares, de ahí que se le conozca también como el Señor del mar.

 

Foto: María del Carmen Castillo

 

Entre Cristos Negros

El pasado sábado 31 de julio, antes de partir a Sisal, los cargadores de Hunucmá prepararon al Cristo, lo bajaron de su nicho y perfectamente vestido con un sudario limpito y bien acicalado, lo dejaron a los pies del altar listo para una misa de domingo previa a su partida. Doña Ligia Arminda, devota de la imagen y originaria de Hunucmá, aseguraba entre risas que el Señor iría a veranear; pues qué si no darse un chapuzón, comer ceviche y tomar unas dos chevas es lo que cualquiera hace cuando va al puerto.

 –Y al Cristo también le toca, recalca.

La pandemia ha cambiado la jugada y ha hecho de la peregrinación al puerto, procesión en lanchas, feria y eventos alrededor del Cristo, unos sencillos que involucran a la menor gente posible. Sin embargo, la devoción continúa intacta, sobre todo entre los pescadores, que esperan el término de la veda para ir a sacar pulpo y que comience la temporada de “vacas gordas” o mejor dicho, “pulpos gordos”.

De acuerdo con Carlos Navarrete, gran estudioso de los Cristos Negros en Latinoamérica, el culto a éstos se ha extendido a casi todo el continente americano y aunque el Cristo Negro de Esquipulas, Chiquimula, Guatemala, es el más visitado y venerado, la devoción crece dando indicios de continuidades culturales interesantes a lo largo y ancho de América. Por otro lado, aunque el Cristo de Esquipulas es negro, Navarrete asegura que no todos los Cristos Negros son los de Esquipulas. En México, como es bien sabido, el Señor de Chalma es uno de los santuarios más visitados y también se trata de un Cristo Negro. El caso del Señor de Sisal, que al parecer recaló en la playa del pueblo, es aún una incógnita, pero se dice que junto a él venían otros dos (sus hermanitos) que probablemente se trate del Cristo de San Román de Campeche y otro de Valladolid o Kinchil.  Independientemente de ello, sus feligreses acuden a él cada año para encargarle la abundancia en los frutos del mar, pues nadie como él conoce los misterios que bajo el oleaje se ocultan: los regalos más sabrosos al paladar.

Es así que, en su paso por Sisal, el Cristo Negro despliega una agenda que implica un festejo a menor escala, pues por pandemia no hubo feria pero la gente del pueblo, más los gremios de jóvenes, niños, pescadores y demás, no lo dejó de atender y rememorar. Rosarios, rezos, misas, visitas y algunos recorridos dominicales se programaron para que el Santo Patrono conviviera con su gente culminando su estancia con el famoso recorrido en lanchas del último domingo de agosto. 

 

Foto: María del Carmen Castillo

 

Fieles al agua

Ese día, muy temprano, al alba, los cargadores se reunieron en la iglesia. Mientras, en la playa, a un lado del muelle, las lanchas de distintos pescadores se enfilaron para subir a los feligreses. De pronto, sonaron los cohetes que anunciaban que el Cristo estaba por llegar a la playa. El Yoyo, el piloto de nuestra embarcación, nos contó cómo había participado años atrás en la procesión y el recorrido que haríamos. Por otro lado, a unas dos lanchas de distancia, la “Santa Rita” esperaba al Cristo con Pepino al timón. La Santa Rita es embarcación exclusiva del señor de Sisal y sólo sale cada año para recorrer las olas con el Cristo, después se guarda. 

Alrededor de las 8 de la mañana comenzó la procesión, a la que se fueron sumando lanchas mar adentro. René, Maritere, Denis, Aleta Azul, Yalili, Camila, fueron algunas de ellas. Unas con adornos, otras sin ellos, pero con el fin de acompañar al Señor en su paso por el mar. En la embarcación Dios de los mares iba la charanga, que acompañó el recorrido con música.

No hubo olas, el mar estuvo quieto mientras el Cristo navegó sobre sus aguas de sal. Aire, desde la Santa Rita, dirigió no sólo a los que cuidaban el vaivén de su Cristo sino a todas las lanchas para hacer señas que de que entrarían al Puerto de Abrigo. Es la segunda vez desde que Aire recuerda que el Cristo entra al Puerto de abrigo y nada hace más felices a los pescadores.

–Ahora sí habrá pulpo, nos dice Yoyo, que desde hace más de 20 años sortea los mares peninsulares como pescador que sabe hacer noche en alta mar. Tiene las manos callosas y como pescador que se precie, su piel está salada y bien curtida. 

Cuando termina el recorrido, los cargadores colocan la imagen a ras de playa. Ahí, los fieles, entre locales y algunos turistas, se retratan, se persignan, hacen rezos y generan peticiones. Unos minutos de descanso después, la imagen parte a la iglesia del pueblo donde se celebrará misa. La imagen ya se ha dado un chapuzón y todo irá a mejor para los pescadores de Sisal.

 

Foto: Emilio Prieto

 

Hasta el próximo año… o antes

Al día siguiente, los cohetes nos recuerdan que es lunes y que a las ocho de la mañana el Cristo está ya a los pies del altar listo para otra misa, la de despedida. Le han cambiado el sudario otra vez, está listo para marchar. Después de la liturgia entra el mariachi para entonar Las Mañanitas, y los cargadores se preparan para sacar la imagen del templo. Un Cristo Negro perfectamente enjoyado y vestido toma la calle frente al parque y ahí, entre aplausos y actos de fe, la gente sabe que este año no puede tocarlo. Pero las flores otorgan otra posibilidad. Dos cargueros ordenadamente reciben flores de los feligreses con ellas tocan la imagen, entregando así, flores cargadas de fuerza divina a los devotos. Todos se forman y una vez que reciben sus flores o ramos benditos la imagen vuelve en procesión al muelle.

Si en un principio la imagen llega al muelle para saludar al mar, en ese mismo punto se da cita para despedirlo. Bajo el sol, los cargadores se enfilan, se acomodan y sacan la fuerza necesaria para soportar el peso de una imagen que se está despidiendo de su mar, aquel donde un remoto día encallara, aquel que tomara por casa.

Acompañando al Cristo nos colocamos de frente al mar, para agradecer, para despedirnos, para solicitar favores, para simplemente contemplarlo. El mar continúa sereno, como si el mismo Cristo hubiese caminado sobre él. La imagen vuelve a la calle y de ahí es subida con sumo cuidado a una camioneta de redilas. Aire toma aire para dirigir el último movimiento con el que saldará un año más el compromiso adquirido.

Este Cristo, al igual que la Virgen de Tetiz y otras imágenes religiosas de la península, son divinidades andariegas que deambulan por distintos pueblos anualmente para visitar a su gente. Pues como bien reza el dicho “Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma irá a la montaña”.

Todavía no es mediodía y en Sisal se siente la nostalgia del invitado que está yéndose. Las calles se llenan de añoranza. Se acabó la temporada para un Cristo Negro que, como todos los niños, este año deja el mar, volviendo a casa para comenzar el aula. Como todo veraneante, regresa asoleado, más salado y con su copete echado para atrás, pues como bien dicen, a este Cristo le gustan los chapuzones en el mar y aunque cada año regresa a Sisal, es bien sabido por todos que de vez en cuando se va de pinta de Hunucmá porque lo cachan a través de los rastros de arena y sal que deja en su andar.

 

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Edición: Laura Espejo