Foto: Raúl Angulo Hernández

El señor Pedro Couoh Can reconoce no saber qué pasará con sus terrenos que rozan la carretera Mérida-Cancún, con la llegada del Tren Maya. Desconoce si pasará por ahí, si le van a pagar algo, posiblemente los venda si le dan buen dinero; pero, eso sí, ama estar dentro del monte, donde siente una conexión especial, respira mejor y está en paz, junto a sus animales. 

Son cerca de las 2 de la tarde, Couoh Can está sentado sobre un tronco, en medio de la autopista de Mérida a Cancún, cerca del kilómetro 150. Se encuentra solo, no hay nadie a su alrededor, sólo lo acompaña el sonido de los autos que pasan y pasan a gran velocidad: está descansando, tomando un respiro para continuar trabajando en sus tierras.

Viste una gorra que cubre su pelo teñido de blanco, unas alpargatas y una playera vieja que apenas deja ver los rastros de un reconocido partido político. No recuerda bien su edad, cree tener 82 u 83 años. El paso del tiempo sobre su cuerpo es evidente: sus ojos se han tornado en un color gris y su rostro deja ver varias manchas negras, una especie de lunares, secuelas del envejecimiento, sin embargo, no usa lentes.  

Su descanso ha terminado y regresa a trabajar. Apoyado de dos palos, que sostiene en cada mano, se levanta, ve que no pasen autos, atraviesa la carretera y se adentra en el monte cargando una pesada bolsa con herramientas sobre su frente.  En unos segundos se pierde entre la selva.  

 

 

Su terreno se encuentra a unos 10 kilómetros de los trabajos que se realizan por la construcción del Tren Maya. Don Pedro dice estar preocupado por lo que vaya a pasar con su tierra, no sabe si el tren atravesará alguna parte de sus hectáreas, o si le va a beneficiar de alguna manera, sólo espera que le paguen bien; a pesar de esto, admite que ve bien este proyecto del gobierno federal. “Ya me dijeron que van a pagar muy bien... vendería un pedazo nada más y el resto que me lo dejen para trabajar”, expresó.  

Mientras camina lentamente por el monte, los sonidos de los autos van quedando atrás, hasta que se pierden por completo. Su paso es lento, no sólo por su edad, sino por las secuelas que le dejó un accidente de construcción: se cayó de unas escaleras cuando era albañil. Recuerda que ya hace unos años perdió parte de su tierra cuando se construyó la carretera, y tuvieron que destruir unos corrales que ya tenía para sus animales. “Ni modos”, dice. 

Estima que por una hectárea le pagarán 16 mil pesos. Para él, es inevitable que tenga que ceder cierta parte de sus terrenos cuando llegan este tipo de construcciones. “Ya está destinado”, dice brevemente. 

Luego de caminar varios metros, no está agitado, ni luce cansado. A pesar de su avanzada edad, su cuerpo ha conseguido una fuerza que no pareciera ser de este mundo. A un kilómetro aproximadamente de la orilla de la carretera se encuentra un espacio donde construyó una pequeña casa con cartón y ramas, aún hay rastros de un corral, y los bebederos para las cabezas de ganado que llegó a tener. 

 

 

Ahora sólo le quedan dos vacas que deambulan libremente por el extenso terreno de casi 40 hectáreas. Por un momento, “Blanca” se deja ver, pero siente temor por los visitantes extraños que llegan sin avisar e inmediatamente se esconde entre la maleza. Un pequeño cultivo de flores de algodón decora el lugar. 

A unos metros de este espacio están colocadas las colmenas de abejas, ahora sólo le quedan nueve, perdió varias por las tormentas que han impactado la región. Don Pedro no necesita equipo para extraer la miel, sólo una malla blanca, ya no siente las picaduras de los aguijones. ¿Duele?, le pregunta el reportero. “uuta, sí duele”, responde.  

Al anciano maya le encanta ir a su terreno en medio del monte, estar en contacto con sus abejas y sus dos vacas. Es allí donde siente paz, tranquilidad y una conexión con la selva. “Cuando yo vengo aquí, estoy contento y muy tranquilo”.  

Por la pandemia del COVID-19, en su pueblo, Popolá, Valladolid, se han registrado varios contagios, y al ser de la tercera edad, decidió refugiarse en este lugar durante un tiempo. “Llegó la enfermedad, si me quedó ahí me puedo contagiar”, expresa.

 

 

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Edición: Laura Espejo