Foto: Miguel Améndola

Según la Dirección Municipal de Ordenamiento Ambiental, Urbano y Cambio Climático y la Dirección de Servicios Públicos de Tulum, existen entre 5 y 6 mil habitantes en terrenos de invasión, que se ubican en las calles Mercurio, Kukulcán y Oko’ot. 

Esta cantidad representa casi el 10 por ciento de la población del noveno municipio, pues el censo de 2020 indica que hay más de 70 mil habitantes, de los cuales cerca de 40 mil están en la cabecera municipal. 

Las invasiones son la alegoría precisa de la marginación social. Sus habitantes viven dos mundos diferentes: el rezago en el interior de las viviendas y el lujo y sofisticación en los centros de hospedaje en los que muchos de ellos trabajan. 

En Tulum estos asentamientos se convirtieron, en su momento, en una opción para los trabajadores del sector turístico, quienes contaban con puntos para adquirir una vivienda, pero no había oferta de casas de interés social. Allí vive aproximadamente el 10 por ciento de la población del municipio. 

Algunos entrevistados, vecinos de estos asentamientos, tuvieron como experiencia común la falta de oportunidad para adquirir una vivienda por medio de un programa social. La señora Juana Carreño, habitante de la invasión 2 de Octubre, comentó que al principio llegaron por necesidad; por esa razón, junto a su esposo y sus tres hijos, se asentó en este lugar para tener un patrimonio. 

 

Foto: Miguel Améndola

 

Expuso que los invasores de las colonias conocidas como 2 de Octubre, Nassin o Carlos Joaquín, entre otras, son fácilmente señalados por la sociedad como irregulares y delincuentes por tomar propiedades, pero hay otras situaciones detrás de lo que la gente juzga. 

La entrevistada dijo que es bien sabido que ya estas invasiones son ocupadas por personas de otros estados y que andan en “malos pasos”, lo que afecta la reputación de quienes sí quieren un lugar digno para vivir, declaró.

El señor Benjamín Pech, testigo del auge turístico de Tulum y colaborador de un resort todo incluido, narró que vive en una zona irregular por carecer de acceso a un programa de interés social. 

Vivir así, destacó, es incómodo: “no tenemos certeza jurídica de las tierras, no hay acceso a programas de vivienda y, además lo peor, tener que vivir en estas zonas de invasión es una vida llena de temor a toda hora por la amenaza y el control que tienen personas del crimen organizado”.

 

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Edición: Estefanía Cardeña